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¿Será?  (Primera Parte). Por Oscar Espinosa Villarreal

¿Será que ha llegado el momento de acabar en definitiva con la pobreza extrema, combatiéndola en forma totalmente diferente? ¿Será que es ya la hora de atrevernos a reconocer que existe la suficiente riqueza para todos y atrevernos a repartirla mejor? ¿Será que, como afirma Gunter Bergman, una Renta Básica Universal podría ser el mayor logro del capitalismo? ¿Será? Entrémosle al tema.
Para analizar el tópico de la pobreza y su posible erradicación, debo iniciar por advertir a mis lectores que desde aquellas primeras veces en que me vi involucrado en tareas de apoyo social o en favor de “los pobres” (como les llamábamos en el colegio a los que iban a tomar clases en nuestros salones en las noches, una vez que nosotros nos habíamos ido a casa), me hizo mucho sentido aquella idea de que a la gente no debía de dársele pescado, sino que deberíamos enseñarle a pescar. Desde luego, tratándose de una escuela con gran influencia de la fe católica, se aceptaba la idea de la caridad y también se insistía en que además de ésta había que impartir catecismo.
Regalar dinero, se nos decía, conduce a la holgazanería y hace a las personas inútiles y dependientes. Además, puede traer como consecuencia que los padres abandonen sus obligaciones y que “los niños crezcan con un mal ejemplo”. Con la pésima enseñanza de que se puede recibir dinero sin trabajar.
Poco (o nada) se nos hablaba en aquellos tiempos de los orígenes de la pobreza, ni de injusticia social, ni de desigualdad o inequidad en el acceso a oportunidades para prosperar. Menos aún, tratándose de una escuela de niños y adolescentes pertenecientes a familias de las llamadas pudientes que, según se afirmaba, cumplían con sus obligaciones de pagar impuestos por los ingresos y las ganancias que generaban. Y mucho se decía también (al menos en la casa en la que yo crecí) que aquellos a quienes tocaba prestar asistencia a los más necesitados que trabajaban en el gobierno y que manejaban esos impuestos, se los robaban.
Esa idea prevaleció en mi mente por muchos años y me recuerdo expresándola, a mi vez, a otras personas interesadas en hacer algo por aquellos menos favorecidos que nosotros. Demos acceso a oportunidades y con ello, me escuchaba decir, tendremos menos pobres y una sociedad menos desigual. Así de sencillo. Espléndidamente simplista aquella idea que hoy ha cambiado tanto en mi mente y en mi conciencia. Me explico.
No fue hasta que ingresé a la Universidad Nacional Autónoma de México (mi mejor experiencia vital), y que casi simultáneamente me empleé a través de una agencia de empleo como vendedor en una distribuidora de motocicletas populares, que conviví con otras carencias de la gente. Carencias que podía haber visto de lejos, pero que no había constatado como entonces lo pude hacer. Compañeros míos de carrera para quienes resultaba una verdadera hazaña poder sobrellevar las horas de estudio, trabajando algunos hasta por las noches.
O los mecánicos del taller de la tienda de motos Islo que apenas podían sacar adelante a sus familias con quincenas tan reducidas y los posibles interesados en adquirir una unidad a plazos, cuyas casas visitaba yo para llenar una investigación de crédito en apartadas colonias populares. Familias que vivían en una forma muy diferente a la que lo hacía mi familia y la de mis amigos de la primaria. Familias pobres, ciertamente, pero no tanto como aquellas que vivían en pobreza extrema, que después tuve oportunidad de conocer al vincularme al servicio público, en el Gobierno del Estado de México, y al hacer campaña en municipios rurales. Ahí las escenas, la información y datos duros resultaban estremecedores.
Ahí, al escuchar como director de Tesorería acerca de las necesidades de municipios tan pobres como el de San Felipe del Progreso (¡vaya nombre!) y de observar la experiencia en poblaciones apartadas en las montañas de niños descalzos que caminaban horas para ir a una escuela, con un café y unas cuantas tortillas con frijoles como único alimento, es que me empezaron a invadir otras inquietudes en relación con aquella tesis de enseñar a pescar, antes que regalar pescado, a un estómago vacío, que seguramente no puede pensar en algo diferente que saciar su hambre.
Al mismo tiempo, otros muchos números poblaban los papeles de trabajo en mi oficina y en las de otras dependencias a las que acudía, en mi calidad de tesorero. Se trataba de aquellos que formaban parte de los presupuestos de ingresos y gastos del gobierno del Estado y de los gobiernos municipales, de los cuales algunas cifras -no pequeñas- se referían al financiamiento de programas sociales para atemperar la pobreza en nuestra entidad. Algo entonces empezaba a no hacer sentido. Empezaba a preguntarme si algunos de esos recursos eran de los destinados a enseñar a pescar o a resolver necesidades de los más desfavorecidos, en cuyo caso, según lo que observaba en mi campaña, distaban de alcanzar los propósitos que perseguían. Algo no funcionaba como debía de funcionar.
Pasaron muchos años más, en los que de una forma o de otra seguí vinculado al quehacer público y al conocimiento de más y más experiencias relacionadas con la situación económica y el desarrollo de México, así como con las carencias de la población, la desigualdad y pobreza imperante en nuestra nación. Y lamentablemente, constaté el fracaso de las políticas y mecanismos para combatirlos, al tiempo que, día con día, fue tomando fuerza en mi mente la idea de que quizá la única forma de terminar con la falta de una cantidad mínima para no vivir en pobreza extrema es entregarla, como un derecho, a cada familia: el concepto de la Renta Básica Universal, el que trataré con detalle en mi siguiente entrega.

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