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El holocausto veracruzanoJesús J. Castañeda Nevárez

Cada día que pasa en Veracruz va dejando una profunda huella de desánimo en una sociedad agraviada y muy lastimada. Un día más o un día menos, qué más da. Las horas aquí no transcurren, están estancadas, atoradas en una trampa invisible que impide el que pueda aparecer en el horizonte la figura de algún personaje vestido de super héroe de alguna serie infantil y que actúe en defensa de las personas que por partida doble han sido víctimas, del sistema pasado y del presente.
En el submundo llamado Veracruz no pasa nada; no sucede lo esperado y anhelado por todos, aun cuando ya se tenga recluidos a algunos personajes del pasado, pero no el dinero que nos quitaron, como si se tratase de un acuerdo para darle “legalidad” al hecho y que cuando salgan puedan disfrutarlo libremente.
Sólo se observa el desfile de los triunfadores del 16 y 17 que ya lanzan sus redes para el ataque del 2018, todavía entusiasmados por el voto que suponen que forma parte de su territorio conquistado, sin querer considerar la posibilidad de que les haya sido otorgado por el cansancio y hartazgo popular que deseaba justicia por tantos agravios, pero que ahora puede cambiar nuevamente con el mismo reclamo de justicia.
Las historias siempre han sido escritas por los vencedores, por lo tanto, el matiz que transmiten pudiera ser completamente opuesto a la realidad. Por eso resulta lógico lo que hoy se muestra por parte de los nuevos funcionarios, que embriagados de poder y aturdidos en afanes de venganza no distinguen entre niños, ancianos, discapacitados, grupos vulnerables, trabajadores empleados por el gobierno, empresas y empresarios que fueron contratados para la prestación de bienes o servicios y a quienes les han negado el pago, porque ven a todos con uniforme de la docena trágica y sin dudarlo les disparan balas arbitrarias de injusticia, sin misericordia y sin la mínima consideración de su actuación de aniquilación y exterminio.
Las empresas han ido cerrando sus puertas centímetro a centímetro, como no queriendo declarar la quiebra total, aferrados a la esperanza de un milagro. Los trabajadores y sus familias viven de rodillas en un permanente ruego al cielo; los teléfonos no dejan de sonar en reclamo de los bancos y demás acreedores, para los que ya no hay argumento que valga.
Las calles se van llenando de violencia y sangre de color pálido por el hambre que empieza a motivar a situaciones desesperadas. No hay ya nada que robar en los bolsillos vacíos de miles que recorren las calles tocando puertas en busca de un modo lícito de llevar alimento a sus hijos.
El cambio de color no resultó lo esperado en ningún sentido; los errores del pasado siguen vigentes y perfeccionados por la inexperiencia y novatez que va empujando al Estado a una crisis de ingobernabilidad que puede representar la puntilla que derrame la última gota de prudencia y que ocasione la reacción en cadena de todas las voces que hoy están calladas, pero deseando gritar desde el fondo de su desesperación.
Las miradas se cruzan, se comunican, no se dice nada, pero se transmite mucho; hay comunión de almas que toman acuerdos y esperan.
Las ideas, planes y proyectos que pudieran enderezar el rumbo y colocar a Veracruz en la ruta del rescate y de la estabilidad a mediano plazo, sólo existen en los discursos y son respaldados por el aplauso propio; alejados del análisis histórico que podría enseñarles que transitan por la misma ruta de ayer y siguiendo el mismo guion de actos, eventos y acciones tan cuestionadas y tan criticadas por los que hoy forman parte de la clase privilegiada.
Así no saldremos jamás del hoyo de miseria que hemos estado escarbando cada día que pasa en el Veracruz donde no pasa nada.
1810 y 1910 pudieran ser una buena referencia de lo que también pudiera seguir. Es mi pienso.

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